NicolasTrippel

NicolasTrippel 23 de Abril de 2018

CRÓNICAS DE AGARTHA: EL VIAJE - PRÓLOGO

PRÓLOGO

El calor de aquel salón oscuro era realmente insoportable, Sam se sentía mareado y veía nublado. No recordaba cómo había llegado hasta allí, además de no poder concentrarse en lo que tenía frente a sus ojos. Era como si despertara de un sueño de varios días y los músculos de su cuerpo hubieran olvidado la manera de obedecerle.

"Que extraño hedor" Pensó, cuando sus fosas nasales se llenaron de aquel aroma que le recordaba a los asquerosos inciensos que utilizaba la vidente en la feria del barrio gitano, a dos cuadras de su dormitorio.

Una gota de sudor bajaba por el cuello hasta su muñeca derecha. Buscó tranquilizarse, pero el ritmo de su corazón no quería ponerse de acuerdo con su mente.

- Helpo - escuchar aquel susurro lo hizo sobresaltarse.

Sombras, eso era lo único que alcanzaba a ver en ese apagado espacio sin ventanas. Tenía puesta una camiseta que se le pegaba a la piel por lo mojado de su cuerpo.

Se concentró en sus extremidades, definitivamente le dolía el tobillo derecho, como si hubiera tenido una caída de un par de metros. Su dedo índice y pulgar de la mano izquierda empuñaban un extraño objeto de metal, similar a una púa de guitarra, no podía verlo, mas sentía el material frio al tacto y el olor del óxido.

Una línea de sudor recorrió su nuca, pero no del tipo que alivia el sufrimiento de las altas temperaturas, sino todo lo contrario, uno de esos escalofríos que auguran malas noticias, justo en el momento que algo se iluminó en el centro de la habitación.

- ¡Pero que carajos! – pensó al darse cuenta que eso iluminado no era algo sino alguien.

- Helpo – el susurro volvía a escucharse.

Una potente luz azul irradió el lugar, Sam agudizó los ojos para darse cuenta que no se encontraba en un salón sino en una cancha de básquetbol. Luego de mirar alrededor, reparó en la camiseta que llevaba puesta, descubriendo como el sudor se entremezclaba con un líquido escarlata que empapaba su ropa y brazos.

- Sangre – fue la palabra que buscó decir, pero esta revelación le había quitado la voz y de su boca apenas salió un murmullo.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la reciente luz pudo descubrir que venía de una persona, una chica, que se encontraba postrada en el piso con el torso desnudo y un tatuaje redondo ocupando todo su frente, brillando.  El cabello pelirrojo de aquella joven cubría los laterales de su esbelto cuerpo desnudo. Sam descubrió con espanto que, dentro del tatuaje iluminado, la muchacha tenía una amplia herida que sangraba.

Aquella persona le resultaba familiar, aunque no podía recordar quien era. Ni siquiera tenía consciencia de su propia identidad, sólo sabía su nombre, Samuel.

Al prestar atención, se dio cuenta que la sangre de su camiseta descendía hasta el piso, marcando una línea directa con el charco rojo en el que se encontraba sumergida la chica. La luz fue menguando en intensidad, hasta que sólo brillaba el tatuaje del abdomen de la muchacha.

La chica giró, sus ojos azules hicieron contacto con los de Sam, no expresaban dolor ni resentimiento, sino tristeza. La joven utilizó toda la fuerza que le quedaba para decirle una frase que lo acompañaría durante toda su vida.

- No puedes dejar que utilice la fuente – los ojos se fueron apagando – bonfortunon.

Un suspiro final liberó su cuerpo de toda fuerza y vida.

Sam no podía recordar quien era la mujer que había muerto ante sus ojos ni como había llegado ahí, ni siquiera conocía su propia vida hasta ese momento, apenas pudo esbozar una palabra, cargada de sentimiento, culpa y tristeza.

- Lo siento – varias lagrimas que brotaban de sus ojos se mezclaron con el sudor del cuello, entonces se desmayó.

La oscuridad invadió su mundo.

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